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Y suenan los violines

16 September, 2010

Si la música amansa a las fieras también debe aliviar las penas y coser los hilos desilachados del corazón. Tócame un poco el saxofón, acaricia las teclas de ese piano y deja que mi mente vuele y se evada del ruido entre fusas y corcheas. Mi novena sinfonía son cuatro palabras para quien quiera leerlas, cuatro lágrimas en un papel, mil risas en el aire. Perdóname el hastío de estos días pero septiembre es un sendero angosto y, callado y reflexionando, intento disipar mis dudas para, al final, cometer alguna locura. Ya decía un poeta alemán que la locura quizá sea simplemente la sabiduría que, tras descubrir la verdadera realidad, ha optado por volverse loca.

Sigue tocando, por favor, la canción de los ilusos y de los innobles que perdieron el nombre, la vergüenza y cuatro monedas mientras bailaban con la más fea, con la más fea princesa del desamparo. Escribí una vez que si decía tu nombre en la enorme orquesta del amor sonarían los violines, pues bien, deben estar muertos los músicos. Sin decirlo a voz en grito, cada vez que lo pienso retumba en mi mente un eco que se repite y se repite, nada más que las voces que me llevarán a cometer alguna locura sin pensarlo dos veces y habiéndolo pensado durante tanto tiempo y tal vez suenen los violines o los rompa contra el suelo.

 

“La verdadera locura quizá no sea otra cosa que la sabiduría misma que, cansada de descubrir las vergüenzas del mundo, ha tomado la inteligente resolución de volverse loca.”  Heinrich Heine
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